I. La Ciudad que Nació de una Búsqueda
La historia oficial cuenta que un 25 de julio de 1536, el español Sebastián de Belalcázar, en su obsesiva búsqueda de El Dorado, fundó Santiago de Cali. Una ciudad que nació, literalmente, de la ambición. Primero cerca de Vijes, luego reubicada por el capitán Miguel Muñoz al lugar donde hoy se alza la Iglesia de la Merced. Fue una ciudad colonial que pronto cedió su preeminencia a Popayán, pero que supo ganarse, a fuerza de lealtad a la Corona, el título que por siglos llevó con orgullo: “Muy noble y muy leal ciudad”.
Esa Cali, la de la tradición señorial, la de las grandes haciendas cañeras, la que luego se transformó en época dorada de la salsa, el deporte y la industria, parece hoy un recuerdo lejano, una postal sepia bajo el polvo de la crisis.
II. La Ciudad que Hoy Busca un Contralor de Bolsillo
La búsqueda actual en Cali ya no es de míticos tesoros de oro, sino de control absoluto sobre el erario público. Mientras la ciudad se desangra en una espiral de violencia que llena portadas y ahoga a los barrios, el poder político focaliza su energía en una jugada maestra: garantizar un contralor “de bolsillo”.
El escenario es surrealista. Por cuarto día consecutivo, el Concejo Municipal no logra quórum para elegir al contralor distrital ni para aprobar el Presupuesto 2026. Solo 7 de 21 concejales asistieron este domingo, el último día legal. El resultado calculado: un bloqueo que obliga, por ley, al alcalde Alejandro Eder a adoptar el presupuesto por decreto. Una concentración de poder que hiela la sangre.
No es incompetencia; es una estrategia fría. Mientras las balas silban en las comunas y la economía familiar se contrae, la élite política negocia en la sombra el nombre de un contralor que, lejos de ser un vigilante independiente, promete ser un timbrador complaciente para un presupuesto que se manejará sin el escrutinio debido. El “Muy noble y muy leal” se degrada a “Muy manejable y muy útil”.
III. El Abismo Entre Dos Realidades
Así queda partida la ciudad:
Una Cali que recuerda su historia de plaza fuerte y su pasado de capital cultural y deportiva.
Otra Cali, la de hoy, atrapada entre el terror de la violencia que no cede y el desenfreno de un mandatario que, aprovechando el caos como cortina de humo, avanza con precisión quirúrgica para controlar las llaves de la tesorería.
El fundador Belalcázar buscaba riquezas legendarias. El poder actual busca algo más tangible y perverso: blindar la impunidad fiscal. La verdadera tragedia no es solo la violencia en las calles, sino la violencia institucional que se comete a puerta cerrada, traicionando el título de nobleza y lealtad que una vez, hace siglos, esta ciudad supo ganarse.
El presupuesto del 2026 no será un plan de salvación para la Cali que sufre. Será, si este juego culmina como planean, el presupuesto del despojo final: el que legaliza el vaciamiento de lo público ante la mirada impotente de una ciudad que merece, otra vez, nobleza y lealtad de sus gobernantes.