La Pantomima del Concejo: Un Juego Calculado que Desangra a Cali

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No fue un fracaso. Fue la jugada maestra de un libreto ya escrito. Por cuarto día consecutivo, el Concejo de Cali “no logró” el quórum para elegir al contralor y, lo más grave, para aprobar el Presupuesto 2026. Este domingo 30 de noviembre, último día legal, solo 7 de 21 concejales tuvieron la “gentileza” de presentarse. Los otros 14, cómodamente protegidos por constancias de inasistencia, hundieron en el pantano la finanza pública de una ciudad en crisis.

¿Coincidencia? Imposible. Es la estrategia perfecta de la manipulación política, orquestada para entregarle al alcalde Alejandro Eder exactamente lo que necesita: control total. La Ley 136 de 1994 le permite ahora, ante este “fracaso” calculado del Concejo, decretar el presupuesto por su propia mano. Así, sin debate, sin control, sin contrapesos. Mientras la ciudad espera una contraloría que vigile, el cargo sigue vacante, en un silencio que a muchos les conviene.

Este no es un bloqueo administrativo; es un golpe institucional en cámara lenta. Mientras Cali se ahoga en problemas de seguridad, movilidad y desigualdad, su clase política juega al hold-up, negociando en pasillos lo que debería debatirse en público. La mesa directiva, encabezada por Edison Lucumí, hace “reiterados llamados” que suenan a teatro, mientras sus pares faltan masivamente sin consecuencia alguna.

El mensaje es claro: para el círculo de poder que rodea a la administración Eder, el Concejo no es un órgano de control, es un trámite molesto que se puede suspender a conveniencia. Primero manipulan la elección del contralor, luego estrangulan el debate presupuestal. El resultado: un alcalde con poder reforzado y una ciudad a la deriva, cuyo futuro fiscal se decide entre cuatro paredes, por decreto, lejos de la mirada ciudadana.

Cali merece más que esta farsa de democracia. Merece instituciones que funcionen, no títeres que actúan para justificar una concentración de poder que nos acerca más al autoritarismo que a la solución. El verdadero presupuesto que se está agotando es el de la confianza y la legitimidad. Y ese, señores concejales y señor alcalde, es un déficit del que no podrán escapar.

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